En relación con el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia

Fundamentación: Conformar un espacio referencial para pensar , proponer, hacer y acompañar en la promoción de derechos y la prevención de situaciones que, por acción u omisión resultan violatorias de los mismos y que afectan a los matriculados en el ejercicio de su profesión y a la comunidad en general en cualquier aspecto de su vida
silvia lattanzio
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En relación con el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia

Nota por silvia lattanzio » Vie Mar 22, 2019 1:20 pm

PARA LA MEMORIA: EL ENCUENTRO DE LOS CUERPOS
SERGIO ZABALZA (psicoanalista integrante del dispositivo de Hospital de Día del Hospital Álvarez y coordinador de la sección Lecturas de el Sigma)

“ 24 de marzo de 1976 tuvo lugar el golpe de Estado cívico eclesiástico militar que impuso en la República Argentina un plan sistemático de desaparición de personas, incluidos cientos de niños nacidos en cautiverio y/o robados a sus familias que aún hoy continúan sin saber su identidad. Desde entonces cada aniversario de la implementación del terrorismo de estado dibuja un nuevo trazo con que cernir ese agujero imposible de colmar. Hace ya tiempo que las multitudes reunidas en este día −consagrado de manera institucional como Día de la Memoria, Verdad y Justicia− escriben a través del encuentro de los cuerpos una muy singular apropiación de aquel horror. Basta acercarse a una vereda de las varias avenidas por donde transcurre la marcha para advertir esa suerte de ceremonia hecha de abrazos, sonrisas, charlas, emoción y solidaridad.
Es que quizás, como pocas otras fechas, el 24 de marzo convoca −en cada persona− los distintos momentos de una vida: infancia, adolescencia, escuela, universidad, trabajo, taller, amigos, etc. Se actualizan y superponen merced al sentimiento común por preservar el espacio de memoria que nos hace humanos. Desde este punto de vista el cuerpo de una nación siempre es una ausencia −un olvido inolvidable− en torno a la cual una comunidad hablante no cesa de dirimir sus conflictos, deseos e intereses. Que esta identidad vacilante haga de la dignidad un nombre para tramitar el trauma, explica por qué tantos analistas ponemos el cuerpo para preservar el lugar de la palabra.
Se trata de que si el enmudecimiento de la angustia es el punto de real −la brújula− a partir del cual un sujeto cuestiona los fantasmas que lo hacen padecer, no es para sorprenderse que Lacan ubique en el campo de concentración[1] el real a partir del cual abordar lo social. Así, tan cierto como que la dictadura implementó el terror para acallarnos, es que −en un sujeto− la angustia “es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos asalta de que nos reducimos a nuestro cuerpo”[2]: un soma excluido del Otro. La palabra es un fenómeno que se da en el lazo social, basta que el semejante no reconozca el mensaje para que la angustia se apodere del emisor. Así, cuando el dolor no encuentra un cauce sobrevienen las peores consecuencias subjetivas: aislamiento, ataques de pánico, culpa y depresión. De allí el vaciamiento simbólico que la dictadura antes, y ahora este engendro neoliberal negacionista que nos gobierna, emprende cada día y cada noche para someter nuestros sueños a los caprichos de una alegría hueca, falsa y ramplona, impuesta al solo servicio de enmascarar la fría tenaza del mercado.
Si los totalitarismos de antaño te prohibían hablar, hoy el neo totalitarismo liberal te ordena hablar para que no digas nada. Por momentos pareciera que el cuerpo se ha desanudado de los problemas del alma. Vivimos una época de identificaciones líquidas sin sustento ni amarra en el cuerpo cuyo imperio da por resultado sujetos ansiosos por satisfacciones tan efímeras como inmediatas. Sin embargo, el insensato empuje por el cual un adolescente dice en el consultorio: “si te acordás lo de anoche es porque no estuvo bueno”, encuentra un límite cuando el consumo cede, ante la memoria, el privilegio de motivar a un cuerpo. ¿Quién no experimentó emoción al ver esa enorme cantidad de familias, niños, púberes y jóvenes, en una marcha contra el olvido? Como se percibe, la preservación de la memoria produce efectos cuyas resonancias van mucho más allá de la rememoración de tal o cual hecho histórico. La memoria es condición del trabajo psíquico necesario para albergar, en un abrazo, a ese Otro ausente que sin embargo nos constituye.




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[1] Jacques Lacan, “El Atolondradicho” en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 276: “ real, demasiado real, suficientemente real como para que lo real sea más mojigato en promoverlo que la lengua (…) es lo que hace hablable el término de campo de concentración”
[2] Jacques Lacan, “La Tercera” en Revista Lacniana N° 18, Buenos Aires, EOL, 2015, p. 27.


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